The Zeltia's World


"Aprendí a ver el mundo con la fascinación y curiosidad de un niño y el escepticismo y desconfianza de un anciano para disfrutarlo sin decepcionarme"

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domingo, 26 de junio de 2011

Billete de ida





Billete de ida

Me levanté con el alba, cogí mis cuatro cosas, esas que me atan a lo único que poseo: mi pasado. Una fotografía ajada, una carta, una pequeña maleta y una antigua llave era  todo cuanto quedaba de lo que alguna vez fui.
Antes que el sol se diera cuenta, había partido. Resuelto dirigí mis pasos a un incierto futuro o tal vez hacia el ayer.  Al principio fueron trémulos, inseguros, pero conforme me alejaba del punto de partida, mis pies se deslizaban con determinación y el desánimo se esfumaba. No miré hacia atrás. No suelo hacerlo, de modo que no haya opción a la duda. Las decisiones deben ser tomadas, sin prisas, pero una vez meditadas, es menester pasar a la acción.  ¿Qué buscaba? Todo y al mismo tiempo nada.  Quizás encontrar ese rincón donde no tuviera que volver a empezar, que tan solo me acogiera, me diera la seguridad de estar “en casa”. Pero sobre todas las cosas, debía acabar historias inconclusas, cicatrizar viejas heridas. Cerrar puertas que nunca debieron abrirse.
Un billete de avión, un largo viaje. El segundo de mi vida y el último. Nadie notará mi ausencia. Nadie aguarda al final de  mi destino. El reloj de arena, como mi tiempo, se estaba agotando. Un tiempo empecinado en marcar mis huesos con el fuego del dolor del desarraigo, de la pérdida.  Implacables recuerdos eran mi bagaje más tirano. Amargos, algunos. Breves, pero intensos otros. La soledad fue la única amiga fiel, esa que jamás te abandona. Los demás...,  partieron demasiado pronto. Sin adioses, sin lágrimas. Había llegado el momento de darle una tregua a esa fiel compañera, de concluir mi libro, de plasmar el epílogo y la firma.  
Después de muchas horas de carretera en un autocar destartalado por unos senderos perdidos entre montes y malezales, llegué a un pequeño poblado. Allí me dejó el chófer, con mi magro equipaje y mi silente presente. Ya me encontraba a un paso de donde todo comenzó. ¿Cómo no completar mi travesía?
Desandando los pasos de antaño llegué a una cabaña abandonada a orillas de un riacho, rodeada por sauces y castaños. Poco quedaba del techo a dos aguas de la  planta superior. Tras sus muros de piedra me aguardaban los ecos enmudecidos de una vida en familia, risas de niños, nacimientos y tragedias. El musgo y la hiedra ocultaban su fachada, dejando entrever una agrietada puerta de madera. Introduje en la cerradura la vieja llave de hierro y después de girarla hacia ambos lados reiteradamente, hasta que cedió el mecanismo oxidado, abriéndose por fin, con un lastimero quejido de sus goznes. Entré en una pequeña estancia amoblada con algunas antiguallas.  Un armario desvencijado, un catre con eones de polvo, una mesa rústica y un par de taburetes y al final junto a un ventanal tapiado, una estufa de hierro, con algunos enceres herrumbrosos. “Lo justo y necesario”, pensé.
La primavera se abría paso con las primeras flores del prado y el sitio resultaba agradable a pesar del lamentable estado de la vivienda. ¡Mi casa! Esa que siendo aún pequeño tuve que dejar por causa de la guerra y la miseria. A pocos metros del solar, se erigía la vieja iglesia en cuyo camposanto yacían enterradas mis raíces, mi gente y que ahora, clamaba por mí.
Coloqué con ternura el ajado retrato sobre la mesa. Me invadió una profunda nostalgia. Allí estaba yo en brazos de mi madre, siendo muy pequeño, posando junto a la familia que me llevaría a Buenos Aires para jamás regresar. Ese fue el último abrazo materno, el adiós. Después de mucho deambular, por fin me encontraba respirando el aroma de mis recuerdos, de esa infancia trunca de amor filial, de mi querida tierra.  En casa, ese hogar que jamás debió dejarme partir.  Acomodé la carta junto al retrato. Era mi despedida y obituario. Si un visitante casual me encontraba, conocería mi historia y mi última voluntad.
Según los médicos, mi enfermedad había tocado fondo. Posiblemente me quedaban semanas, días…, horas tal vez, aunque ya no importaba. Había llegado con el tiempo justo para saludar a mis viejos árboles, llorar ante la tumba de mis muertos y al fin darle reposo a mi cuerpo cansado en ese camastro, esperando culminar este viaje, que no es otra cosa que la vida misma.
Al fin yacería en mi terruño, como siempre supe que debía ser.    

Por Zeltia G.

2 comentarios:

magda dijo...

Sandra, me ha encantado este texto que has titulado "Billete de ida" Preciosa la narración, impecable, rica en el lenguaje y el argumento, nostálgico,dulce, profundo y entrañable. ¡ENHORABUENA! ¿Es una novela?

Zeltia G. dijo...

Magda, gracias por tu comentario. Y como te dije, solo fue escrito para el certamen, pero quién sabe, con el tiempo hasta surja algo de allí!
Me alegra mucho que te haya gustado, eso me anima a continuar, ya que sabes lo criticona que soy con mis cosas! jaja
Recibe un abrazo muy fuerte con mi cariño!

Sandra